jueves, 10 de septiembre de 2026

Los Partidos Políticos y yo


Los partidos políticos y yo.

Estaba en cuarto grado de mi carrera profesional de la licenciatura en Ciencias Políticas, ciclo escolar 1985-1986. Una de las asignaturas que nos asignaron fue: “Partidos Políticos”. En lo inmediato nos pidieron comprar el libro “Los partidos políticos” del politólogo francés, Maurice Duverger, Tengo en mis manos, en este momento, ese ejemplar que es todo un clásico.

Voy a ser breve en este comentario. El contenido del libro en mención abre con una “ADVERTENCIA” y señala que la obra literaria “…descansa en una contradicción fundamental: es imposible…describir seriamente los mecanismos comparados de los partidos políticos y no obstante es indispensable hacerlo.”

Asumiendo que el doctor, Duverger, orienta su necesidad de explicar el vacío que hay en estudios científicos del método comparativo, debo decirles que es obligado, no podemos resistir a esta primer paso, comparar un partido con otro. No debe sorprendernos tal ejercicio especulativo. Luego entonces, el primer momento al elegir inscribirte en las filas de un partido, lo haces convencido de valorar al partido político de tu preferencia como una mejor opción y es natural que mires en los otros partidos, los compares, como opciones políticas no satisfactorias para tus gustos.

Esto es un asunto de preferencias. La polémica que se genera en torno a este tema de preferencia personal es que entramos al terreno más pantanoso donde sobreviven los hijos de Guillermo Tell. Explico, es necesario que cuando apunten ustedes a la manzana que esta en la o las cabezas a las cuales van a lazar sus flechas, no siempre serán certeras.

El caldo de cultivo donde fermenta este intercambio de preferencias, de gustos y disgustos, es el terreno oscuro de la INDEFINICIÓN. Todos los que estamos fuera o dentro de los partidos, pasamos, necesariamente, por este tamiz y no es raro o extraño que prevalezca la duda o la certeza de uno y otro lado.

Cierro mi comentario. Si usted quiere salvar su alma, le aconsejo que mejor se encomiende a Dios, en la religión de su preferencia. No busques tú estado de purificación en los partidos políticos. No es tampoco, un asunto que deba mortificarte dentro. En los partidos políticos reina la pasión, pero también la mala fe. Lo inevitable es que si queremos ser parte de la construcción democrática y con ello a estar en el poder publico y desde ahí, hacer lo que el principio de honestidad mande, es importante que lo hagamos desde ese terreno de la buena acción humana pero también pintar raya al vituperio. Seguiremos platicando…#La300

 

martes, 21 de julio de 2026

VENDEDORES AMBULANTES

Ankor Inclan

En 1892, un hombre empujaba su carrito por las calles de Manhattan vendiendo patatas asadas a un centavo la unidad. Detrás de él, sin saberlo, estaba una de las economías más complejas y más ignoradas de la historia de Nueva York.

Los vendedores ambulantes de comida del Nueva York de finales del siglo XIX eran en su mayoría inmigrantes recién llegados que habían encontrado en el carrito callejero la única economía accesible sin capital inicial, sin inglés, sin referencias y sin conexiones. Las patatas asadas, los bretzel, los cacahuetes tostados, las castañas en invierno y el maíz en verano eran alimentos que llegaban a las clases trabajadoras que no podían permitirse ni el tiempo ni el dinero de un restaurante. Los vendedores se concentraban en el Lower East Side, el barrio italiano de Mulberry Street, los mercados del East River y los cruces de las líneas de tranvía, donde el tráfico de trabajadores era más denso a las horas de cambio de turno.

La ciudad llevaba décadas intentando controlar, regular y eliminar el comercio ambulante. En 1895, el comisario de sanidad Charles Wilson publicó un informe donde calificaba los carritos como "focos de enfermedad y desorden público". Las ordenanzas municipales se multiplicaron. La policía multaba con regularidad. Y los vendedores volvían al día siguiente porque no tenían otra opción.

Lo que hace especialmente valiosas las fotografías de esta época es que muchas pertenecen al archivo de Jacob Riis, el fotógrafo y periodista danés que entre 1888 y 1898 documentó la vida de los barrios pobres de Manhattan con un sistema de flash de magnesio que le permitía fotografiar interiores oscuros y noches de calle. Su libro "Cómo vive la otra mitad" (1890) fue el primer gran reportaje fotográfico de pobreza urbana en Estados Unidos y cambió directamente la política de vivienda de la ciudad.

El vendedor de patatas de 1892 no sabía que estaba siendo fotografiado para la historia. Solo sabía que si vendía suficientes patatas ese día, podría pagar el alquiler de la semana.

lunes, 20 de julio de 2026

JON ELSTER: ULISES Y LAS SIRENAS

@SergioParra
Publicado originalmente en 1979, este ensayo de Jon Elster se ha convertido en un clásico de la filosofía, la economía del comportamiento y las ciencias sociales porque consigue algo muy poco frecuente. Toma un episodio de apenas unas líneas de "La odisea" y lo convierte en una teoría general sobre la racionalidad humana.

Ulises ordena a sus marineros que le aten al mástil para poder escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él. Si durante el trayecto suplica que le desaten, deberán ignorarle y apretar todavía más las cuerdas. Lo fascinante para Elster no es el episodio mitológico, sino el extraño tipo de inteligencia que encierra. Ulises no actúa como un ser perfectamente racional, porque un agente completamente racional nunca necesitaría protegerse de sí mismo. Pero tampoco es un esclavo de sus impulsos. Es alguien que conoce de antemano sus futuras debilidades y modifica el entorno para impedir que su yo futuro arruine los planes de su yo presente.

A partir de esta intuición aparentemente sencilla, Elster desarrolla una de las reflexiones más influyentes sobre el autocontrol jamás escritas. Su tesis resulta profundamente moderna. La racionalidad no consiste siempre en tomar buenas decisiones en el momento oportuno. Muchas veces consiste en diseñar con antelación un contexto que haga imposible tomar decisiones desastrosas cuando llegue el momento. En otras palabras, el verdadero ejercicio de la libertad puede consistir precisamente en limitar nuestras opciones futuras.

Lo admirable del libro es que esa idea acaba irradiando hacia territorios muy distintos. Elster explora la debilidad de la voluntad, las preferencias cambiantes, la identidad personal, la filosofía de la mente, la teoría de la decisión y la psicología moral. El célebre problema de "quién ata a quién" atraviesa todo el ensayo. ¿Existe realmente un yo que gobierna a otro yo? ¿Tenemos derecho a imponernos obligaciones futuras? ¿Hasta qué punto somos una sucesión de personas distintas que negocian entre sí?

Quizá el aspecto más sugerente sea que Elster desplaza la racionalidad desde el interior de la mente hacia el diseño del entorno. Frente a las concepciones que confían únicamente en la fuerza de voluntad, reivindica las restricciones autoimpuestas, las reglas, los compromisos públicos y las modificaciones del ambiente como herramientas cognitivas. Décadas antes de que se popularizaran conceptos como nudges, arquitectura de la decisión o mente extendida, este libro ya sugería que una parte importante de nuestra inteligencia consiste en reorganizar el mundo para compensar nuestras propias limitaciones. En ese sentido, puede leerse hoy como un precursor intelectual de muchas ideas contemporáneas sobre cognición situada y diseño ambiental.

No obstante, conviene advertir que no es una lectura sencilla. Elster escribe con enorme densidad conceptual y exige una atención constante. El libro alterna referencias a Aristóteles, la teoría económica, la filosofía analítica, la teoría de juegos y la literatura clásica con muy pocas concesiones al lector. Hay capítulos cuya progresión argumental obliga a releer varias páginas para apreciar todas las implicaciones. No es un ensayo pensado para convencer mediante ejemplos brillantes, sino para construir una arquitectura lógica extraordinariamente sólida.

No recomendaría empezar por este libro si alguien busca una introducción amable a la racionalidad humana. Pero sí lo recomendaría sin reservas a quien disfrute de los ensayos que modifican la manera de pensar más que la cantidad de información que uno posee. Es una lectura lenta, exigente y, en ocasiones, áspera. También extraordinariamente fértil.