martes, 21 de julio de 2026

VENDEDORES AMBULANTES

Ankor Inclan

En 1892, un hombre empujaba su carrito por las calles de Manhattan vendiendo patatas asadas a un centavo la unidad. Detrás de él, sin saberlo, estaba una de las economías más complejas y más ignoradas de la historia de Nueva York.

Los vendedores ambulantes de comida del Nueva York de finales del siglo XIX eran en su mayoría inmigrantes recién llegados que habían encontrado en el carrito callejero la única economía accesible sin capital inicial, sin inglés, sin referencias y sin conexiones. Las patatas asadas, los bretzel, los cacahuetes tostados, las castañas en invierno y el maíz en verano eran alimentos que llegaban a las clases trabajadoras que no podían permitirse ni el tiempo ni el dinero de un restaurante. Los vendedores se concentraban en el Lower East Side, el barrio italiano de Mulberry Street, los mercados del East River y los cruces de las líneas de tranvía, donde el tráfico de trabajadores era más denso a las horas de cambio de turno.

La ciudad llevaba décadas intentando controlar, regular y eliminar el comercio ambulante. En 1895, el comisario de sanidad Charles Wilson publicó un informe donde calificaba los carritos como "focos de enfermedad y desorden público". Las ordenanzas municipales se multiplicaron. La policía multaba con regularidad. Y los vendedores volvían al día siguiente porque no tenían otra opción.

Lo que hace especialmente valiosas las fotografías de esta época es que muchas pertenecen al archivo de Jacob Riis, el fotógrafo y periodista danés que entre 1888 y 1898 documentó la vida de los barrios pobres de Manhattan con un sistema de flash de magnesio que le permitía fotografiar interiores oscuros y noches de calle. Su libro "Cómo vive la otra mitad" (1890) fue el primer gran reportaje fotográfico de pobreza urbana en Estados Unidos y cambió directamente la política de vivienda de la ciudad.

El vendedor de patatas de 1892 no sabía que estaba siendo fotografiado para la historia. Solo sabía que si vendía suficientes patatas ese día, podría pagar el alquiler de la semana.

lunes, 20 de julio de 2026

JON ELSTER: ULISES Y LAS SIRENAS

@SergioParra
Publicado originalmente en 1979, este ensayo de Jon Elster se ha convertido en un clásico de la filosofía, la economía del comportamiento y las ciencias sociales porque consigue algo muy poco frecuente. Toma un episodio de apenas unas líneas de "La odisea" y lo convierte en una teoría general sobre la racionalidad humana.

Ulises ordena a sus marineros que le aten al mástil para poder escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él. Si durante el trayecto suplica que le desaten, deberán ignorarle y apretar todavía más las cuerdas. Lo fascinante para Elster no es el episodio mitológico, sino el extraño tipo de inteligencia que encierra. Ulises no actúa como un ser perfectamente racional, porque un agente completamente racional nunca necesitaría protegerse de sí mismo. Pero tampoco es un esclavo de sus impulsos. Es alguien que conoce de antemano sus futuras debilidades y modifica el entorno para impedir que su yo futuro arruine los planes de su yo presente.

A partir de esta intuición aparentemente sencilla, Elster desarrolla una de las reflexiones más influyentes sobre el autocontrol jamás escritas. Su tesis resulta profundamente moderna. La racionalidad no consiste siempre en tomar buenas decisiones en el momento oportuno. Muchas veces consiste en diseñar con antelación un contexto que haga imposible tomar decisiones desastrosas cuando llegue el momento. En otras palabras, el verdadero ejercicio de la libertad puede consistir precisamente en limitar nuestras opciones futuras.

Lo admirable del libro es que esa idea acaba irradiando hacia territorios muy distintos. Elster explora la debilidad de la voluntad, las preferencias cambiantes, la identidad personal, la filosofía de la mente, la teoría de la decisión y la psicología moral. El célebre problema de "quién ata a quién" atraviesa todo el ensayo. ¿Existe realmente un yo que gobierna a otro yo? ¿Tenemos derecho a imponernos obligaciones futuras? ¿Hasta qué punto somos una sucesión de personas distintas que negocian entre sí?

Quizá el aspecto más sugerente sea que Elster desplaza la racionalidad desde el interior de la mente hacia el diseño del entorno. Frente a las concepciones que confían únicamente en la fuerza de voluntad, reivindica las restricciones autoimpuestas, las reglas, los compromisos públicos y las modificaciones del ambiente como herramientas cognitivas. Décadas antes de que se popularizaran conceptos como nudges, arquitectura de la decisión o mente extendida, este libro ya sugería que una parte importante de nuestra inteligencia consiste en reorganizar el mundo para compensar nuestras propias limitaciones. En ese sentido, puede leerse hoy como un precursor intelectual de muchas ideas contemporáneas sobre cognición situada y diseño ambiental.

No obstante, conviene advertir que no es una lectura sencilla. Elster escribe con enorme densidad conceptual y exige una atención constante. El libro alterna referencias a Aristóteles, la teoría económica, la filosofía analítica, la teoría de juegos y la literatura clásica con muy pocas concesiones al lector. Hay capítulos cuya progresión argumental obliga a releer varias páginas para apreciar todas las implicaciones. No es un ensayo pensado para convencer mediante ejemplos brillantes, sino para construir una arquitectura lógica extraordinariamente sólida.

No recomendaría empezar por este libro si alguien busca una introducción amable a la racionalidad humana. Pero sí lo recomendaría sin reservas a quien disfrute de los ensayos que modifican la manera de pensar más que la cantidad de información que uno posee. Es una lectura lenta, exigente y, en ocasiones, áspera. También extraordinariamente fértil.


martes, 7 de julio de 2026

Borrar con tierra

Borrar con tierra
Autor: Jorge Luis  Montiel V
Con el pie, descalzo, moví la tierra. Borré las huellas que había dejado. El polvo del suelo estaba caliente. Era fines de julio. La lluvia era petición negada del cielo. Nunca supe, no pregunté, del porqué la costumbre de mover la tierra con los pies, como si fuera carbón encendido de la hornilla. Mis pisadas hirientes, ordalía de tierra caliente, en este juicio la prueba física es dolorosa y sólo  la cura la sombra. Un lugar de descanso. El sudor mojaba mi piel, la ropa luida se untaba en la humedad salobre, deshidratación que escurre de mi cabeza. Parte de mi vida de niño caminé sobre tierra hirviente, de ida y vuelta. La temperatura ambiente es mayor en la tierra. Entonces, nadie me dijo eso, sólo andaba huellando la entrada al infierno. Sentí en mi cara el aire que soplaba, bocanada caliente, como golpe pedregoso. Eso era el sabor del polvo que tragaba, ardiente manojo de terrones molidos que angustiaban mi respiración. Mover la tierra suelta del camino o vereda era, una premonición de lo irremediable. Cerré los ojos, sequé  el abundante escurrimiento, con el dorso de mi brazo. Avancé,  caminar o correr es obligado hasta que encuentres la sombra de un chamizo o matorral. La sed me hacía delirar. A la distancia miraba la tinaja del patio de mi casa, contenedor que igual sudaba agua a la sombra de un mezquite. Caminar hacia atrás  y luego adelante, mis piernas se doblaban y mis pies no soportaban. Miré  al cielo, la luz del sol golpeó mis ojos, la ausencia de nubes me dijeron que el abandono iba para largo tiempo y era mejor que apurara la tierra qué borraba. Esta sisifica forma de vivir regresando por esa enorme piedra hecha polvo. A lo lejos miré el portal de mi casa, la tinaja bajo ese árbol exiguo en ramas que apenas sombreaban. Estiré mi brazo y alcancé  el vaso de peltre, vasija donde tomaba toda la gente, sedienta. Sacié con desespero mi necesidad y caí al suelo. Estiré mis pernas sucias y mis pies, hechos polvo, temblaban…#La300 ©