domingo, 24 de mayo de 2026

La Santa

Del libro de Mado Martinez
María  Dolores Martinez Muñoz, escritora española. 
Primera parte con la que inicia su libro de terror: La Santa 

"El corazón helado
Matar despacio, como matan las nubes al sol. Así se deslizaba ella, una
sombra y nada más, sobre el rostro de su víctima. Violar una vida. Cortar
el árbol tierno, comerse la flor que jamás llegará a ser fruta. Ni siquiera tuvo que ira buscarla, ni utilizar ningún truco para que la siguiera hasta el río. La encontró enmitad del bosque, como una oveja perdida en busca de su pastor. La reconoció porlas ropas del internado. Probablemente se había escapado del colegio. La sangre quebrotó cuando le arrancó el corazón se mezcló con los colores granates del uniforme. La pobre estaba tan sola y desvalida… Seguramente sus padres la habían dejado en
el colegio aquel mismo día con alguna excusa. Menos mal que la había encontrado aella, y aunque era cierto que jamás volvería a estar viva, ni a ver a sus padres, ni apatinar, ni a caerse de la bicicleta, ni a sentir calor, ni a crecer; tampoco era menoscierto que a partir de ahora jamás volvería a caminar sola. Se comió el corazón de la niña con calma. A medida que lo iba saboreando iba sintiendo todo el pánico que había latido en él, especialmente cuando la atrapó entre sus brazos fríos, la levantó sobre el tronco de un árbol y se comió su boca para robarle el aliento de la vida.
Antes de que pudiera perder el sentido, penetró su pequeño pecho y le extrajo el latido. Palpitaba como un pajarillo caliente. Todo había sido muy silencioso. Ni un grito, ni una lágrima, ni un esbozo. Después le colocó un corazón de hielo, tan puro y transparente como el cristal. Aquel no latiría jamás pero le serviría para caminar en el bosque junto a ella. No sabía cómo se llamaba aquella niña, pero en cuanto la vio incorporarse, activada por el resorte de su nuevo corazón helado, sintió el deseo de ponerle a todos los árboles su nombre. 
La pequeña muerta iba con ella a todas partes, del río al arroyo, de las cuevas delos osos a los prados, de la montaña a las copas de los árboles. Juntas hacían collares de flores, jugaban al escondite entre los troncos, cantaban canciones para amansar a las hadas e incluso volaban… Era tan reconfortante tenerla, como si fuera su propia hija… Y sí, había tenido que matarla, pero ese era un detalle sin importancia. Sabía que le había infligido una agonía cruel, pero lejos de sentir compasión, respiraba placer cada vez que recordaba aquellos momentos y recreaba en su memoria las lágrimas mudas que habían brotado de sus ojos de niña rota mientras le robaba el alma. Se aferró a las garras. ¿Cómo explicar el infinito placer que sentía al tener entre sus manos aquellas mejillas tiernas y temblorosas, sobre las que pintar una mueca de espanto y dolor? ¿Cómo explicar que no había nada más delicioso que sentir cómo el ansia de vivir se ponía de rodillas ante ella y cedía, rendida, a los encantos de la muerte? Ver cómo la mirada de sus ojos se entregaba, tras la resistencia inicial, el espanto y los estertores de agonía, a su inefable destino.
Y después ver su cuello inclinarse, y los ojos cerrarse, en una reverencia de sumisión sin límites.
La muerte no estaba mal, pero su recién conquistada niña de hielo se sentía sola, y ella misma deseaba tener otras muchachitas que animaran la macabra corte. No había hecho más que empezar. Soñaba ya con los velos de una procesión de acólitas con las que atravesar los bosques. Sintió un cosquilleo en los tuétanos de sus entrañas podridas solo con imaginar todas las presas que atraparía en sus redes, y el sabor metálico de la sangre se mezcló en sus fantasías con el calor palpitante de
pequeños corazones recién arrancados. Un rayo de esperanza la invadió en mitad de la oscuridad, brillando a la luz de una sola palabra: venganza. Ahora entendía porqué no se había desvanecido entre la podredumbre de los gusanos. Había vuelto. La habían llamado desde las cavidades más profundas de la desesperación y vagaba envuelta en una capa de lujurias tenebrosas. Había pasado mucho tiempo dormida, pero ya no, porque la habían despertado con los relojes de la ira, para que no se le hiciera tarde. Ahora mismo no podía dormirse en los brazos del descanso eterno. Su
sed crecía sin remedio. Miró a la niña, sentada a su lado. Tenía la mirada vacía, perdida en algún lugar. Estaba muerta. Aquello debía ser lo que llamaban un fantasma. La envolvió en un abrazo de niebla y le susurró al oído:

—Pronto vendrán otras a jugar contigo.

Después la colocó en un lecho de nieve, apropiado para su corazón helado, y la recostó, atusándole los cabellos como a una muñeca.

—Me tocas la luna —le dijo, cerrándole los ojos en un intento fracasado. Era imposible dormir en la muerte. No, la niña jamás podría cerrar los ojos. Permanecería todo el tiempo en una maraña de sueños." Sic 👇

Secretos y sombras.

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